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La vida por una caja

Hace un poco más de diez años me separé por primera vez.

Fui a una inmobiliaria, busqué un departamento acorde a la segunda soltería, pedí un adelanto en el trabajo para amoblarlo y comprar vajilla, y empecé a planificar la mudanza.

“Empecé a planificar la mudanza”. Se dice pronto.

Mudarse es como sacar pañuelos del sombrero del mago. Parecen tres o cuatro anudados, pero para tu desesperación y alegría, siguen saliendo y no se acaban más.

Y acá es igual: Vos te parás en el medio del living, echás un paneo visual a tus pertenencias y grosso modo calculás diez cajas. Después, cuando vas por la caja número veintisiete, y todavía faltan embalar la ropa, los libros y los cedés, las causales de divorcio se te empiezan a difuminar.

Pero como mi ex tenía las fronteras más claras y sus cosas más quietas en la biblioteca y el placard, tomé aire y partí en busca de cajas de cartón. En los supermercados a los que les pedí fueron muy amables, me las separaron plegadas y todo y a la noche ya pude empezar a empacar.

Después transcurrió el tiempo, a la separación le siguió el remix del matrimonio, nos mudamos a otra casa, nació la nena más chica y a los diez años del primer divorcio, entramos de nuevo en fecha de caducidad.

Volví a la misma inmobiliaria, alquilé un departamento acorde a soltería con hija, encargué que enrejaran el balcón y la habitación de la pequeña y volví a los supermercados por nuevas cajas de cartón.

- Va a tener que volver mañana - me dijo muy amable el señor de siempre – porque los cartoneros acaban de pasar.

Y así en todas partes. Yo llegaba en busca de cajas, y me recibía el polvo que dejaban los cartoneros.

Agotados los súper y los híper, los minis y el almacén, un sábado a las tres de la tarde recalé en un distribuidor mayorista para rogarle que por favor me permitiera mudarme, que se apiadara de mi alma y me diera unas míseras cajas de cartón.

El tipo me señaló un lugar al fondo del depósito, y me mandé como si de eso dependiera ganar el clausura, un doble aguinaldo o la fuente de la eterna juventud.

Los tres chiquitos que cargaban el carro me miraron como si en otra vida yo viniera a decirles que debían bajarse del pelotero, que al castillo inflable lo tenían que desinflar.

Agarré un manojo de cajas sin mirar dos veces, manoteé un taxi y me volví al centro de la ciudad.

Por suerte al departamento le faltaban las rejas así que me quedó por delante una semana de gracia.

Que tampoco es tanto tiempo como para olvidar.

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Comentarios

I Agree.

Muero por unas cajas.

Después de la mudanza me dedicaré a cartonear.

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