A mí que me digan lo que quieran. Pueden poner a Lanata, a Majul, a Grondona. Fútbol de Primera recién empieza a las diez de la noche. Y el domingo a las nueve hay un agujero así.
Desde que Tato se fue, el domingo dejó de ser domingo. Y la Argentina empezó a ser un país cualquiera.
Para datos biográficos de esos de entomólogos, escriban Tato Bores en el Google, y algo seguro les va a aparecer (les ahorro el trabajo, hagan click acá ).
Pero para saber con el saber que importa qué ha sido Tato en nuestra vida, pregúntenle a cualquier argentino/a de más de treintaypico, y vean cómo se le pianta el lagrimón.
Así como la historia del cine tiene en un señor bajito con sombrero bombín, zapatones, bastón y bigote corto un ícono universal de la comicidad, los argentinos que nos criamos en un lugar que alguna vez fue un país y se llamó Argentina, también tenemos en el inventario una silueta imposible de olvidar.

Una figurita de peluca desmechada, anteojos de culo de botella, frac, patines, habano y de vez en cuando una copa de champán.
Un humorista brillante de dicción atropellada y velocísima, que desgranaba en forma de monólogos su mirada de hacha sobre nuestra baqueteada realidad.
Un profesional de la televisión que se rodeaba de las mejores plumas y los más exquisitos partenaires del escenario, para dejar una impronta imborrable en lo que se debe hacer en un espectáculo masivo y de calidad excepcional.
Intuyo que ahí está la clave de la persistencia de Tato tanto en nuestra memoria como en la cultura televisiva del país: fue uno de los pocos - sino el único - en desarrollar el humorismo patrio de una forma al mismo tiempo sofisticada y popular. Como Gila, en otras latitudes, como Buster Keaton; dicen que como Tatí.
Desde el domingo a las 21 hora argentina, puse en la red un lugar de homenaje permanente a su memoria, que es también nuestros recuerdos compartidos, y los ecos de una república que parece que ya se fue:
Es un atrevimiento personal, y un gusto que quería darme.
Espero que les guste y lo disfruten.
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