Las valijas de octubre
Viernes 21 de Octubre

De octubre ya queda poco, pero octubre casi siempre me ha sido un mes de viajes.

Hace una punta de años, a finales de setiembre, activé el plan B. Esa coartada genética argentina por la cual apenas la cosa aprieta hay que hacer las valijas y pirarse a Europa, Australia o Canadá.

Tenía unos cuantos diciembres menos, la carrocería un poco más intacta, y una voluntad ingenua que fue mi mejor motor. Octubre de ese año me encontró con los ojos abiertos de tanto Madrid que se me subía a la cara, me fritaba en sus olores y me encontraba perdiéndome en sus calles a la noche, entre la orilla del Manzanares y las rebajas de El Corte Inglés.

Durante un casi año y medio trabajé de lo que podía, dando vueltas alrededor del dibujo, me hice de amigos que volví a visitar hace unos días, comí, soñé y me caminé las calles de esa ciudad, que según sus habitantes, llevan derecho al cielo.

Pero era Europa y yo, argentino. Y así las cosas, no me pude quedar.



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Hace unos días me despedí de Barcelona a bordo de un tren, para pasar aunque fuera un día por Madrid antes de subirme en el avión a Buenos Aires. A la mañana siguiente tomé el metro rumbo a Mondadori, donde un encanto de mujer me invitó a conocer "esta casa, que ya es también la tuya". Dibujé un par de Mirtas en sendos libros con dedicatoria, y a la salida me fui a buscar una Barbie para Raisa, y a hacer tiempo en las manzanas huecas de la Castellana.

Y de golpe me encontré de cara frente al edificio de Orense 6.

Ya la parada de metro me había metido de cabeza en un pedazo de deja vù, pero cuando miré varios pisos para arriba me encontré mirando por la ventana del estudio de Victor Viano - uno de mis últimos trabajos de esa era - con unos pocos kilos de menos, barba tupida de rebelde a contramano, y el empecinamiento sólido del que se quiere quedar.

Me hice señas desde abajo y unos cuantos años después; traté de explicarme con una mezcla de entusiasmo y mímica torpe que en el Corte Inglés a mi espalda estaba el libro de Hernán con los dibujos míos de la gorda, pero no sé si alcanzó.

Pude ver que desde arriba me saludé con un gesto corto, y me perdí para adentro a seguir pegando fotocopias sobre cartulina.

Me quedé parado un rato ahí, mirando el vacío y me volví a meter en la parada de Nuevos Ministerios, rumbo a Conde de Casal, para almorzar con Maite.