No hay mucho para decir de Diciembre, sin patinar en la obviedad.
Es un mes que pasa volando. Es más, ya pasó. A estas alturas del año uno ya pone la cabeza y el cagazo derechito en el 2006. Diciembre tiene dos fechas, y en mi caso tres. Sacás el 24, el 31 y el 8 del calendario, y te queda un baldío de relajo y de calor.
Con ningún otro mes se te desactualizan las cosas como con Diciembre. Lo que hagas hoy, ayer o mañana, en treinta días lo mirás y te parece de otra era, que lo separa un abismo de distancia con lo que a 2 de Enero te toca vivir.

Será por eso que nadie te firma un puto papel en Diciembre. Que planeás encuentros antes que termine el año, y casi nunca los concretás. Que te apurás a terminar las cosas que dejaste colgadas, porque te aterra dejarlas colgadas "un año más".
Diciembre es como la sobremesa de un domingo, donde tu equipo empató cero a cero, el diario ya lo leiste, no da como para siesta y hay mucha fiaca de salir a caminar.
Sí, ya sé: el aguinaldo, la sidra y la pavita, el fresita de las tías viejas, el turrón, las cañitas voladoras y una licencia en blanco para agarrarse un pedo redentor.
Por eso mismo: si se necesitan la careta, las bombitas de agua y el papel picado para que el ánimo se te instale en carnaval, es porque la cosa está perdida.
Esa es la resaca del 1 de enero: haber masticado un mes entero de preaviso porque el año se iba a terminar.
Ma sí, Diciembre: tomatelás.