Los wallpapers están cambiando
Jueves 02 de Marzo

Algunos artistas nos acompañan porque nos emocionaron en algún tiempo anterior. No podemos opinar sobre ellos sin pasión; su huella en nuestra historia es más profunda que el peso específico de su arte.

Los Rolling Stones, por ejemplo. Si los escuchaste por primera vez con más de veinticinco años en el DNI, podés decir sin sonrojarte lo que realmente son: unos perros, a punto de jubilarse, con una discografía mediocre de la que se pueden rescatar unas siete canciones. Pero para aquellos que los tuvieron como banda sonora de su inocencia, es entendible que signifiquen mucho más. Y que los efectos de su música impacte más allá de la emoción.

Es como con el cigarrillo, Herman Hesse, las historietas, o el fútbol. Si no te agarraron de chico, no se te pegaron en la adolescencia y pasaste por la universidad sin que se treparan a tu bagaje, es probable que no te interesen nunca más.

De la misma manera, están los placeres que se adquieren de grande, o los que van mejoran con la madurez.


A ver si nos dejamos de traer grupitos pop inflados por el marketing, y alguna buena vez le pedimos que venga a este señor. Abajo están los links de descarga.

Y en la primera línea de esos grandes vinos está Bob Dylan.

No importa si no tuvo protagonismo en tus años de acné. A esa edad tampoco tenías el estómago preparado para el whisky, y miráte ahora.

De Woodstock al Papa, de la guitarrita a la electricidad, hay un Dylan para cada talle y localidad. Como Lennon, como el jazz, a medida que nos vamos poniendo mayores, Dylan suena como un antídoto contra la desolación.

Su primer álbum, "Bob Dylan", apareció en marzo del '62. Ahí cantaba cosas como "Bien, conseguí un trabajo de armónica, comencé a tocar / sacando aire de mis pulmones por un dólar diario. / Soplé lo de dentro fuera y lo de arriba abajo/ el tipo de allí dijo que le gustaba mi sonido / deliraba de gusto con lo que le gustaba mi sonido / ¡valía un dólar diario!"

Por cosas así pienso empezar marzo con Dylan como fondo.

Ahora mismo, mientras escribo esto, suena el concierto en el Albert Hall del año '66. Y afuera llueve, como forma de darme la razón.


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